Mujercitas
Mujercitas —Jo, por favor, deja de albergar esperanzas. No me voy a recuperar, estoy segura. En lugar de ponernos tristes, ¿no serÃa mejor que intentáramos pasarlo bien mientras llega el momento? Podemos ser felices porque no sufro demasiado y creo que la marea crecerá serenamente si me ayudas un poco.
Jo se inclinó para besar el rostro sosegado de su hermana y, a partir de ese callado beso, se dedicó en cuerpo y alma al cuidado de Beth.
TenÃa razón. Cuando volvieron a casa, no hizo falta decir nada. Su padre y su madre lo vieron de inmediato a pesar de que habÃan rezado para que se les evitase tal visión. Agotada por el corto viaje, Beth se fue a la cama diciendo lo contenta que estaba de estar nuevamente en casa y, cuando Jo bajó, comprendió que no tendrÃa que pasar por el duro trance de contar el secreto de Beth. Su padre estaba apoyado en la chimenea y ni siquiera se volvió al oÃrla entrar; su madre, en cambio alargó los brazos como pidiendo ayuda y Jo corrió a consolarla sin tener que pronunciar una sola palabra.
