Mujercitas
Mujercitas —Esta sí que es una buena Navidad para mí: por la mañana, los regalos; por la tarde, tu presencia y estas cartas, y por la noche, una fiesta —dijo Amy cuando llegaron a las ruinas del viejo fuerte y un grupo de espléndidos pavos reales acudió a su encuentro y esperó dócilmente a que les diesen de comer. Mientras Laurie repartía migas a las magníficas aves, Amy reía sentada en un banco cercano. El joven la observó, como ella había hecho con él, movido por la curiosidad natural de descubrir los cambios provocados por el tiempo y la ausencia. Lo que encontró no le causó decepción o desconcierto, sino agrado y admiración, porque, excepción hecha de una ligera afectación en el habla y los modales, la muchacha seguía siendo tan atractiva y grácil como siempre, con ese plus indescriptible que, aplicado al vestir y al porte, llamamos «elegancia». Amy, que siempre había sido muy madura para su edad, había ganado aplomo tanto en la forma de conducirse como en la conversación, por lo que daba la impresión de ser una mujer con más mundo del que en realidad tenía. Su antiguo malhumor asomaba de vez en cuando, su fuerte personalidad seguía muy presente y el barniz extranjero no había hecho mella en su franqueza natural.