Mujercitas
Mujercitas Laurie no se dio cuenta de todo eso mientras observaba cómo daba de comer a los pavos reales, pero apreció lo suficiente para sentirse satisfecho e interesado, y guardó en la memoria aquella escena protagonizada por una joven de rostro resplandeciente bañada por la luz del sol, que destacaba el suave color de su vestido, el tono sonrosado de sus mejillas y el dorado brillo de su cabello.
Cuando estaban a punto de alcanzar la meseta pedregosa que coronaba la colina, Amy le hizo una señal con la mano, como si le invitase a visitar su rincón favorito, y comentó señalando aquí y allí:
—¿Recuerdas la catedral y el Corso, los pescadores echando sus redes en la bahía y esa adorable carretera que conduce a Villa Franca, la que fue casa de Schubert, que queda justo allí debajo? Y lo mejor de todo, ¿ves esa pequeña mancha que asoma en el mar? ¡Es la isla de Córcega!
—Sí, lo recuerdo todo muy bien, apenas ha cambiado —contestó él sin mucho entusiasmo.
—¡Lo que daría Jo por ver esa famosa mancha! —dijo Amy, que se sentía de buen humor y tenía ganas de verle a él más animado.
—Sí —dijo él por toda respuesta, pero se volvió y miró hacia la isla con más pasión de la que hubiese puesto el propio Napoleón.