Mujercitas
Mujercitas —Echa un buen vistazo en su nombre y luego cuéntame en qué has andado ocupado todo este tiempo —propuso Amy, y tomó asiento con ganas de iniciar una conversación.
Sin embargo, aunque él se sentó junto a ella, no consiguió que le dijera nada de interés. El joven contestaba vagamente a sus preguntas y lo único que sacó en claro fue que había estado recorriendo Europa y que había llegado hasta Grecia. Ese vano intento de comunicación se prolongó casi una hora; luego regresaron a casa, Laurie saludó a la señora Carrol y se marchó, no sin antes prometer que volvería por la noche.
Amy se acicaló especialmente para la velada. El tiempo y la ausencia habían hecho mella en ambos; ella veía a su viejo amigo bajo un nuevo prisma, ya no era «nuestro chico» sino un apuesto y agradable joven por el que sentía el deseo natural de agraciar. Sabía bien cómo sacar partido a su atractivo y lo hizo con ese gusto y habilidad que constituyen la verdadera fortuna de una joven sin recursos pero hermosa.