Mujercitas
Mujercitas La reunión resultó muy animada porque el espíritu festivo se apoderó de todos enseguida y la alegría navideña iluminaba rostros, alegraba corazones y ponía alas en los pies de los bailarines. Los músicos tocaban el violín, el piano y la percusión como si realmente disfrutasen, todos cuantos sabían bailar lo hicieron, y los que no, admiraron al resto con un deleite poco habitual. Las Davis oscurecían el ambiente y las Jones brincaban como torpes jirafas. El famoso secretario cruzó la sala como un meteorito, acompañado de una impresionante dama francesa que fue barriendo el suelo con la cola de su vestido de satén rosa. El alemán hambriento encontró la mesa de la comida y pasó el resto de la fiesta feliz, devorando sin parar todo el menú, para consternación de los camareros que lo observaban. El amigo del emperador se cubrió de gloria porque bailó con toda mujer que se puso en su camino, la conociese o no, y no dudaba en intercalar piruetas imprevistas cuando se inspiraba. El arrojo juvenil de aquel hombre mayor era digno de verse, porque, aunque tenía que guiar a su pareja, se movía como una pelota de un sitio para otro. Corría, volaba y hacía cabriolas con el rostro encendido, la calva brillante y la cola de su chaqueta moviéndose sin parar. Sus zapatos se movían a tal velocidad que parecían volar y, cuando la música terminaba, se secaba el sudor de la frente y sonreía satisfecho a sus amigos como un Pickwick francés sin gafas.