Mujercitas
Mujercitas Amy y su compañero tenÃan ese mismo entusiasmo, pero mucha más gracia y agilidad. Sin pretenderlo, Laurie se quedó prendado del rÃtmico movimiento de los zapatos blancos, que volaban infatigables, como si tuviesen alas. Cuando el bajito Vladimir la dejó al fin, tras asegurar que sentÃa tener que abandonarla tan pronto, Amy se dispuso a descansar y a observar qué tal le habÃa sentado el castigo a su cobarde caballero.
HabÃa dado resultado porque, a los veintitrés, la vida social es un bálsamo para la frustración y verse rodeado de belleza, luz, música y movimiento hace que el entusiasmo crezca, la sangre se altere y el ánimo se eleve. Cuando se levantó para que ella se sentara, Laurie dio muestras de haber recibido un primer aviso, y, cuando a continuación corrió a traerle algo de cena, ella sonrió satisfecha y dijo para sus adentros: SabÃa que le vendrÃa bien.
—Pareces la «Femme peinte par elle-même» de Balzac —comentó Laurie mientras la abanicaba con una mano y le sujetaba la taza de café con la otra.
—Este colorete no es postizo —repuso Amy, y tras frotar su brillante mejilla mostró el guante blanco con tal solemnidad que el joven no pudo evitar soltar una carcajada.
—¿Cómo se llama esta tela? —preguntó cogiendo un pliegue del chal que caÃa sobre su rodilla.
—Gloria.