Mujercitas
Mujercitas —Un nombre muy adecuado. Es muy bonita. Es nueva, ¿verdad?
—Es tan vieja como el mundo, se la habrás visto puesta a docenas de chicas y ¡no te has dado cuenta de lo bonita que era hasta ahora… stupide!
—Es porque no la habÃa visto nunca en ti, de ahà mi error.
—No sigas, te lo prohÃbo. Prefiero que me traigas más café a que me piropees. Me pone nerviosa verte gandulear.
Laurie se levantó cual rayo y cogió obedientemente la taza vacÃa. Experimentaba un extraño placer al cumplir las órdenes de la «pequeña Amy», que, superada la timidez inicial, sentÃa el deseo irrefrenable de tratarle sin miramientos, como gusta hacer a las muchachas cuando ven que algún señor da alguna muestra de sometimiento.
—¿Dónde has aprendido a actuar de este modo? —preguntó él con una mirada burlona.
—Dado que «de este modo» es una expresión bastante imprecisa, ¿me podrÃas aclarar a qué te refieres? —rogó Amy, quien, a pesar de saber perfectamente a qué se referÃa, sentÃa el pÃcaro deseo de verle expresar lo inexpresable.