Mujercitas
Mujercitas —Bueno, me refiero a todo un poco… a tu estilo, a tu serenidad… a la gloria… la tela esa, ya sabes. —Laurie se echó a reÃr, dándose por vencido, y aprovechó aquel nuevo término para salir del apuro.
Amy estaba satisfecha pero, por supuesto, no dio muestras de ello y apuntó con coqueta timidez:
—Lo queramos o no, vivir en el extranjero enseña mucho. Yo me he dedicado tanto a estudiar como a divertirme, y en cuanto a esto —añadió señalando el vestido con un gesto—, el tul es una tela barata, las flores se consiguen por nada y estoy acostumbrada a sacar partido de lo poco que tenga a mi alcance.
Amy de inmediato se arrepintió de haber pronunciado la última frase, temÃa que no fuera un comentario de buen gusto, pero Laurie la quiso aún más por haberlo dicho. Admiraba y respetaba a aquella joven que habÃa tenido la paciencia y el valor de sacar el máximo partido a las oportunidades y el ánimo de suplir con flores la falta de medios económicos. Aunque Amy no sabÃa a qué se debÃa que Laurie la mirara con tanta ternura, apuntase su nombre en su carnet de baile y le dedicase toda clase de atenciones durante el resto de la velada, lo cierto es que tan agradable cambio era el resultado de una nueva impresión que ambos sintieron sin ser conscientes de ello.