Mujercitas
Mujercitas Él lo miró y no pudo evitar sonreÃr ante una obra tan diestramente realizada. Un cuerpo, largo y perezoso, sobre la hierba, con una expresión lánguida, los ojos medio cerrados y, en una mano, un puro del que salÃa una espiral de humo que rodeaba la cabeza del joven soñador.
—¡Qué bien dibujas! —dijo grata y genuinamente sorprendido por la habilidad de la joven, tras lo que añadió, entre risas—: SÃ, en efecto, soy yo.
—Asà eres ahora, y asÃ… eras antes. —Amy colocó otro dibujo al lado del anterior.