Mujercitas
Mujercitas El segundo dibujo no estaba realizado con tanta maestrÃa, pero tenÃa una vida y una gracia que compensaban sus muchos fallos, y evocaba tan vÃvidamente el pasado que el semblante del joven cambió de repente mientras lo miraba. Se trataba de un esbozo sin terminar en el que aparecÃa Laurie domando a un caballo. Se habÃa quitado el sombrero y la chaqueta, y todo en su figura —la expresión decidida del rostro, la actitud de mando— denotaba energÃa y determinación. El hermoso animal, que acababa de rendirse, arqueaba el cuello bajo las tensas riendas, golpeaba impaciente el suelo con una pata y aguzaba las orejas, como si quisiera oÃr la voz de quien le habÃa dominado las crines ondeantes del animal, el cabello al viento del jinete y su porte erguido transmitÃan un arrojo, una fuerza, un valor y un optimismo juvenil que contrastaban vivamente con la abúlica elegancia del retrato del Dolce far niente. Laurie no comentó nada pero, mientras su mirada iba de uno a otro, Amy se percató de que enrojecÃa y apretaba los labios, como si aceptase la lección que ella acababa de darle. Eso la satisfizo y, sin esperar que él dijese nada, explicó con su habitual tono animoso:
