Mujercitas
Mujercitas En el camino de vuelta, rieron y charlaron animadamente, y el pequeño Baptiste, que iba atrás, concluyó que monsieur y mademoiselle estaban de excelente humor. Pero lo cierto es que ambos se sentÃan inquietos, la franqueza propia de toda amistad habÃa quedado dañada, el sol estaba oculto bajo varios nubarrones y, a pesar de su aparente alegrÃa, ambos tenÃan el corazón triste.
—¿Quieres que quedemos esta noche, mon frère? —preguntó Amy al despedirse ante la puerta de la habitación de su tÃa.
—Lo lamento, pero tengo un compromiso. Au revoir, mademoiselle. —Laurie se inclinó a besar su mano, siguiendo una costumbre extranjera que le iba a la perfección. Algo en su expresión hizo que Amy se apresurase a decir:
—Te lo ruego, compórtate como siempre conmigo y despÃdete como solÃas hacerlo. Prefiero un sincero apretón de manos a la inglesa que una despedida grandilocuente a la francesa.
—Adiós, querida. —Y con esas palabras, pronunciadas en el tono que ella deseaba, Laurie la dejó tras darle un apretón de manos tan entusiasta que casi le dolió.
Al dÃa siguiente, en lugar de recibir la visita acostumbrada, Amy encontró una nota que la hizo sonreÃr al principio y suspirar al final: