Mujercitas
Mujercitas Luego probó con la ópera —porque, de entrada, nada le parecÃa imposible—, pero, una vez más, hubo de hacer frente a dificultades imprevistas. QuerÃa que Jo fuese la protagonista y buscó en su memoria momentos que retratasen su tierno y romántico amor. Pero la memoria le traicionaba y, como si estuviera poseÃda por el espÃritu rebelde de la joven, solo le permitÃa recordar rarezas, defectos y manÃas de Jo o verla en situaciones de lo más prosaicas, como sacudiendo alfombras con un pañuelo anudado en la cabeza, escondiéndose tras los cojines del sofá o enfriando su pasión, al estilo de la gobernanta de David Copperfield, la señora Gummidge, con una carcajada que echaba a perder el cuadro poético que él se esmeraba por pintar. En vista de que Jo se resistÃa a convertirse en una protagonista operÃstica, el pobre muchacho se resignó con un sufrido «¡Bendito Dios, qué tormento de mujer!», mientras se tiraba del cabello, como todo compositor angustiado que se precie.