Mujercitas
Mujercitas Gracias a la inspiración, las cosas fueron de maravilla durante un tiempo pero, poco a poco, el trabajo fue perdiendo el encanto y se olvidó de componer. En su lugar, pasaba las horas sentado, fantaseando, pluma en mano, o deambulaba por la ciudad para despejar su mente —que estaba especialmente inquieta aquel invierno— y dar con ideas nuevas. No hizo demasiado, pero sí pensó mucho y comprendió que se estaba produciendo un cambio en él, aun a su pesar. Tal vez sea que mi genialidad está a punto de aflorar; la dejaré hacer y veré qué pasa, se dijo; aunque, en secreto, sospechaba que no se trataba de genialidad, sino de algo mucho más común. Fuera lo que fuese, aquel sentimiento tenía un propósito y a él cada vez le interesaba menos la vida ociosa que llevaba. Empezó a soñar con un trabajo serio y honesto al que poder entregarse en cuerpo y alma hasta que, al final, concluyó que no todos los amantes de la música tenían vocación de compositores. Una noche, al volver de una magnífica representación de una de las grandes óperas de Mozart en el Teatro Real, echó un vistazo a su composición y tocó alguna de las mejores partes, sentado de cara a los bustos de Mendelssohn, Beethoven y Bach, que parecían mirarle con benevolencia; luego rompió, una a una, sus partituras. Cuando llegó a la última, dijo en tono grave: