Mujercitas

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—No estoy cansado pero, si quieres, puedes coger un remo. Hay sitio para los dos, aunque debemos estar en el centro para que el bote no vuelque —comentó Laurie, bastante conforme con la idea.

Sin saber si había mejorado demasiado las cosas, Amy aceptó el asiento, se separó el cabello de la cara y cogió un remo. Remaba tan bien como hacía muchas otras cosas y, aunque ella usaba las dos manos y Laurie solo una, ambos remaban a la par y la barca se deslizaba suavemente por el agua.

—¿No te parece que remamos muy bien juntos? —preguntó Amy, incómoda con el silencio que de nuevo se había creado.

—Lo hacemos tan bien que desearía que fuésemos siempre en el mismo bote. ¿Te gustaría, Amy? —preguntó, a su vez, con suma ternura.

—¡Sí, Laurie! —contestó ella en voz baja.

En ese momento, ambos dejaron de remar y, sin habérselo propuesto, sumaron otra hermosa estampa de amor y felicidad a las muchas reflejadas en el espejo de agua del lago.


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