Mujercitas
Mujercitas —Sé que cuando le rechazaste fuiste sincera, Jo, pero en los últimos tiempos habÃa llegado a sospechar que, si volvÃa y pedÃa nuevamente tu mano, tu respuesta serÃa distinta. Perdóname, querida, no puedo evitar ver que te sientes sola y el anhelo de afecto que percibo en tus ojos me duele. Por eso imaginé que nuestro muchacho podrÃa llenar ese vacÃo si lo intentaba de nuevo.
—No, madre, es mejor asÃ. Me alegro mucho de que Amy se haya enamorado de él, pero tienes razón en una cosa: me siento sola y tal vez si Teddy hubiese insistido le habrÃa aceptado, no porque le ame, sino porque ahora valoro más el ser amada que cuando él se marchó.
—Me alegro de que asà sea, Jo, porque eso indica que estás creciendo. Somos muchos los que te queremos. Cuentas con el cariño de tus padres, de tus hermanas y sus parejas, de tus amigos y de los niños; confórmate con eso mientras esperas que llegue el gran amor.
—No hay amor más grande que el de una madre, pero no me molesta confesarte, Marmee, que anhelo probar otras clases de amor. Es curioso… cuanto más trato de conformarme con el afecto que recibo, más me parece necesitar. No imaginaba que un corazón podÃa albergar tanto amor… quiero decir, que podrÃa ser tan elástico y no terminar de llenarse nunca. No lo entiendo, a mà me solÃa bastar con el amor de los mÃos.