Mujercitas
Mujercitas —SÃ, pero prometo no volver a hacerlo. —Y se arrodilló y juntó las manos como si fuese un penitente, pero con la expresión pÃcara y alegre del que se siente un triunfador.
—¿De veras estáis casados?
—Eso creo, gracias.
—¡Por favor! ¿Qué otra barbaridad vas a cometer a continuación? —Jo se dejó caer en el sofá, ahogando un grito.
—Bueno, ésa es una forma de felicitarnos muy original, aunque propia de ti —repuso Laurie, que seguÃa arrodillado pero radiante de satisfacción.
—¿Qué esperabas después de dejarme sin aliento? Te cuelas sin hacer ruido, como un ladrón, ¡y me das una noticia asÃ, como si nada! Levántate, no seas ridÃculo, y cuéntamelo todo.
—No diré nada a menos que me dejes ocupar mi lugar de siempre y prometas no construir una barricada con los cojines.
Jo se rió porque hacÃa mucho tiempo que no hacÃa eso, dio unas palmadas en el sofá para invitarle a sentarse y dijo en tono cordial:
—El viejo cojÃn está en el desván, ya no es necesario. Ven aquà y confiésalo todo, Teddy.
—Cómo me alegra que me llames Teddy. Eres la única que lo hace. —Y Laurie se sentó muy contento.
—¿Cómo te llama Amy?