Mujercitas
Mujercitas —Mi señor.
—Eso es muy propio de ella. Bueno, de verdad pareces un señor. —Por la forma en que le miró, estaba claro que Jo encontraba a su muchacho más apuesto que nunca.
El cojÃn habÃa desaparecido, pero aun asà habÃa una barricada entre ellos. Era un muro lógico, creado por efecto del tiempo, la ausencia y los cambios en sus corazones. Ambos lo sintieron y, por un instante, se miraron el uno al otro como si una barrera invisible proyectase una pequeña sombra sobre ellos. Sin embargo, la distancia se disipó de inmediato cuando Laurie comentó, con fingida dignidad:
—Dime, ¿a que parezco un hombre casado, un auténtico cabeza de familia?
—En absoluto, y no creo que logres parecerlo nunca. Aunque has crecido y eres más fuerte, no has dejado de ser el pÃcaro de siempre.
—Venga, Jo, deberÃas tratarme con más respeto —empezó Laurie, que lo estaba pasando en grande.
—¿Cómo? Si pensar que te has casado y has sentado la cabeza me hace tanta gracia que no consigo ponerme seria —repuso Jo sonriendo con una alegrÃa tan contagiosa que ambos se echaron a reÃr, tras lo que pudieron, al fin, mantener una buena charla, a la vieja usanza.