Mujercitas
Mujercitas Jo se debió de quedar dormida (como imagino que le habrá ocurrido al lector tras este pequeño sermón), ya que de pronto se encontró de frente con el fantasma de Laurie. Era un fantasma de carne y hueso, y estaba inclinado sobre ella, mirándola con aquella cara que solÃa poner cuando sentÃa algo y no querÃa que se le notase. Ella se quedó mirándole fijamente, perpleja y sin decir una sola palabra, hasta que él se encorvó y le dio un beso. Entonces, supo que era él, se levantó de golpe y exclamó con gran alegrÃa:
—¡Teddy! ¡Mi Teddy!
—Querida Jo, entonces, ¿te alegras de verme?
—¿Alegrarme? ¡Válgame el cielo, no hay palabras para describir lo contenta que estoy! ¿Dónde está Amy?
—Se ha quedado con tu madre en casa de Meg, donde paramos de camino, y no he podido arrancar a mi esposa de allÃ.
—¿Tu qué? —exclamó Jo, pues Laurie habÃa pronunciado aquellas dos palabras con un orgullo y una satisfacción que le delataban.
—¡Oh, vaya, qué diantre! Bueno, ya lo he dicho… —Y adoptó un aire culpable que hizo que Jo se le echara encima.
—¿Os habéis casado?