Mujercitas

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—Vaya, empieza a reaccionar, es un gusto verla así, ¿no te parece? —dijo Laurie mirando a la chimenea como si mantuviese una conversación con el fuego, y éste respondió aumentando su brillo e intensidad como si le diese la razón—. Verás, como somos uno, da igual quién accediera a qué. Teníamos previsto volver a casa con los Carrol, hace un mes, pero de pronto cambiamos de idea y decidimos quedarnos a pasar el invierno en París. Sin embargo, mi abuelo tenía ganas de volver a casa y, puesto que había ido a Europa para acompañarme a mí, sentí que no podía dejarle marchar solo. Tampoco me quería separar de Amy pero, como la señora Carrol cree a pies juntillas en las carabinas a la antigua usanza inglesa y todas esas tonterías, no permitía que Amy me acompañase. Así que zanjé el asunto diciendo: «Casémonos, así podremos hacer lo que nos plazca».

—Por supuesto, siempre consigues lo que quieres.

—No siempre. —Al decir esto, algo en la voz de Laurie hizo que Jo se precipitara a cambiar de tema.

—¿Y cómo lograste que la tía diese su consentimiento?

—No fue fácil, pero entre los dos conseguimos convencerla porque teníamos muchas razones a favor. No había tiempo para escribir y pedir permiso, pero sabíamos que a todos os encantaba la idea y que ya la habíais aceptado… Así que no era más que un trámite, como dice mi esposa.


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