Mujercitas
Mujercitas —¡Hay que ver lo orgulloso que está de esas dos palabras y lo mucho que le gusta pronunciarlas! —apuntó Jo dirigiéndose a su vez al fuego, encantada de ver que los ojos de su amigo, que en su último encuentro estaban tristes y apagados, brillaban de felicidad.
—No me lo tengas en cuenta. Es una mujer tan fascinante que no puedo sino estar orgulloso de ella. Bueno, como te decÃa, ya que el tÃo y la tÃa se erigieron en defensores del decoro y nosotros estábamos tan perdidamente enamorados que no éramos capaces de pensar en nada más, decidimos que casarnos simplificarÃa mucho la cuestión. Asà que lo hicimos.
—Pero ¿cuándo, dónde, cómo? —preguntó Jo dando rienda suelta a una incontrolable y febril curiosidad femenina.
—Hace seis semanas, en el consulado de Estados Unidos en ParÃs. Fue una boda muy discreta, claro está, porque, a pesar de nuestra felicidad, tuvimos muy presente a nuestra querida Beth.
Al oÃrle decir esto, Jo le tomó la mano y Laurie acarició el pequeño cojÃn rojo que tantos recuerdos le traÃa.
—¿Por qué no nos informasteis de inmediato? —preguntó Jo en voz más baja, tras un momento de silencio.