Mujercitas
Mujercitas La familia en pleno llegó y todos se dieron abrazos y besos una y otra vez y, tras varios intentos fallidos, los tres viajeros se sentaron y los demás los estudiaron en medio de una alegría generalizada. El señor Laurence, más sano y robusto que nunca, era sin duda el que más había mejorado con el viaje. Había perdido en gran medida su dureza, y su tradicional cortesía era aún más exquisita, por lo que resultaba especialmente encantador. Era maravilloso verle sonreír ante «mis niños», como llamaba a la joven pareja; era aún mejor ver cómo el afectuoso y filial trato que Amy le dispensaba le tenía totalmente robado su anciano corazón, pero sin duda lo mejor de todo era observar cómo Laurie revoloteaba feliz, alrededor de ambos, disfrutando de tan hermoso cuadro.