Mujercitas
Mujercitas Cuando Meg vio a Amy, comprendió que el vestido que ella llevaba no tenía para nada un toque parisino… que la señora Moffat quedaría totalmente eclipsada en presencia de la señora Laurence y que su «señoría» se había convertido en una dama fina y elegante. Al ver a los dos enamorados juntos, Jo pensó: ¡Qué buena pareja hacen! Yo tenía razón, Laurie ha encontrado una joven hermosa y educada que encajará en su hogar mucho mejor que la vieja y desgarbada Jo y que, en lugar de un tormento, será motivo de orgullo. La señora March y su esposo sonreían y asentían felices al comprobar que la prosperidad de su hija menor no sería solo material, sino que contaba con la mayor riqueza de todas: amor, confianza y felicidad.
El rostro de Amy irradiaba ese dulce brillo que nace de un corazón en paz, su voz poseía una ternura distinta y su aspecto, antaño frío y cursi, denotaba una dignidad femenina e irresistible. Había abandonado toda afectación, y la amable dulzura que presidía todos sus gestos contribuía a aumentar su encanto más que su belleza recién adquirida o su antigua elegancia, porque era la prueba inequívoca de que se había convertido en una auténtica dama, tal y como siempre había soñado.
—El amor ha transformado a nuestra pequeña —susurró la madre.