Mujercitas
Mujercitas —Siempre ha tenido un buen espejo en el que mirarse, querida —murmuró el señor March observando amorosamente el rostro ajado y el cabello gris de su esposa.
Daisy no podía apartar los ojos de su hermosa tía y se pegó a la maravillosa dama como un perro faldero. Demi se tomó su tiempo antes de mostrarse incondicional de la pareja mediante la inmediata aceptación del soborno que sus tíos le ofrecieron: una tentadora familia de osos de madera procedente de Berna. Laurie, que sabía cómo ganarse su favor con un sencillo movimiento, le dijo:
—Jovencito, cuando tuve el honor de conocerte, me golpeaste en el rostro; ¡ahora exijo una compensación de caballeros! —Dicho esto, el alto tío procedió a sacudir y despeinar a su pequeño sobrino de una manera que dañó su dignidad filosófica casi tanto como hizo las delicias de su alma de niño.

—¡Válgame Dios, si va toda de seda, de pies a cabeza! ¡Qué gracia verla así, tan arreglada! ¡Y que todo el mundo llame «señora Laurence» a mi pequeña Amy! —musitó la vieja Hannah, que aprovechaba mientras ponía la mesa para entrometerse abiertamente y echar vistazos a los recién llegados.