Mujercitas
Mujercitas ¡Y había que verlos! ¡Cómo hablaban! Primero uno, después el otro, y al final los tres a la vez, tratando de resumir las anécdotas de tres años de viaje en media hora. Por fortuna, llegó la hora de la cena y pudieron hacer una pausa y sosegarse, ya que, de haber seguido a aquel ritmo, habrían terminado roncos y agotados. Qué feliz procesión formaban al entrar en el comedor. El señor March acompañaba orgulloso a la «señora Laurence» y la señora March caminaba dichosa del brazo de «su hijo». El anciano caballero, que se apoyaba en Jo, le susurró al oído: «Ahora, tendrás que ser mi niña», y lanzó una mirada hacia el rincón vacío, junto a la chimenea; con labios temblorosos, Jo murmuró: «Intentaré estar a la altura, señor».