Mujercitas
Mujercitas Los gemelos iban detrás, dando brincos la mar de felices, porque, como todo el mundo estaba pendiente de los recién llegados, los dejaban divertirse a sus anchas, y ellos no dudaron en sacar el máximo partido a las circunstancias. Bebieron un poco de té a escondidas, se hincharon de pan de jengibre ad lÃbitum, comieron sendas magdalenas y, en el colmo del atrevimiento, escondieron un tentador pastelillo de mermelada en sus bolsillitos, donde se pegó y desmigajó traicioneramente, lo que les enseñó que la naturaleza humana y los pastelillos son ¡igualmente delicados! Abrumados por el peso de la culpa por los pastelillos sustraÃdos, y temerosos de que la aguda mirada de la tÃa Dodo, como llamaban a Jo, descubriese el botÃn oculto tras la fina tela de batista y lana, los jóvenes pecadores no se despegaron de su abuelo, que no llevaba las gafas puestas. Amy, que iba de mano en mano, como la comida, volvió al salón del brazo del abuelo de Laurie y, como el resto se emparejó, Jo se quedó sola, circunstancia que aprovechó para quedar rezagada y charlar con Hannah, que, ilusionada, le habÃa preguntado:
—¿Crees que la señorita Amy irá en su propio carruaje y comerá en la hermosa vajilla de plata que guardan en la casa?