Mujercitas
Mujercitas —Si usase un carruaje tirado por seis caballos blancos, comiese en platos de oro y llevase diamantes y vestidos de encaje todos los dÃas, no me sorprenderÃa. Para Teddy, nada es lo suficientemente bueno para su esposa —contestó Jo muy satisfecha.
—¡No se puede pedir más! ¿Qué querrás para desayunar, picadillo o pescado? —preguntó Hannah, que mezclaba sabiamente poesÃa y prosa.
—Me es igual. —Y Jo cerró la puerta sintiendo que la comida no era un tema adecuado para el momento. Se quedó mirando cómo todos iban a la planta de arriba y, cuando vio desaparecer los pantalones de cuadros escoceses de Demi, al llegar éste al último escalón, la embargó un repentino sentimiento de soledad, tan intenso que miró alrededor, con los ojos llenos de lágrimas, en busca de algo a lo que asirse, ahora que hasta Teddy la habÃa abandonado. De haber sabido qué regalo de cumpleaños la esperaba, no se habrÃa dicho: Ya lloraré cuando me acueste, ahora no puedo estar deprimida. Se secó las lágrimas con la mano —pues una de sus costumbres masculinas consistÃa en no recordar nunca dónde tenÃa el pañuelo— y cuando, no sin esfuerzo, consiguió esbozar una sonrisa, alguien llamó a la puerta principal.