Mujercitas
Mujercitas La abrió con hospitalaria prontitud y se sobresaltó como si hubiese recibido la visita de un fantasma. Frente a ella habÃa un caballero robusto, con barba, cuya sonrisa lo iluminaba todo, como el sol de medianoche.
—¡Señor Bhaer! ¡Qué alegrÃa verle! —exclamó Jo, que lo abrazó con fuerza, como si con ello pudiese evitar que la noche se lo tragase.

—Lo mismo digo, señorita March. Disculpe, creo que he interrumpido su fiesta… —El profesor hizo una pausa al oÃr voces y música de baile procedentes de la planta superior.
—No, no es una fiesta, es una reunión familiar. Estamos celebrando que mi hermano y mi hermana han vuelto de su viaje. Entre y súmese a nosotros.
Como hombre educado que era, el señor Bhaer hubiese preferido marcharse y regresar en otro momento, pero le fue imposible ya que Jo cerró la puerta y le despojó de su sombrero. Tal vez la expresión del rostro de la joven hizo el resto, porque ésta no pudo disimular la alegrÃa que le produjo aquel encuentro y la mostró con una franqueza que al solitario caballero, que no esperaba tan grata bienvenida, le pareció irresistible.
—Si no es molestia, me encantará saludarlos. ¿Ha estado enferma, querida?