Mujercitas
Mujercitas La pregunta pilló a Jo desprevenida mientras colgaba el abrigo en el perchero, y al señor Bhaer no se le escapó el cambio que produjo en el semblante de la joven.
—No, enferma no. Me he sentido cansada y triste, han ocurrido muchas cosas desde que hablamos por última vez.
—¡Ah, sÃ, estoy al corriente! Me sentà muy triste por usted cuando me enteré. —Y le estrechó la mano tan afectuosamente que Jo pensó que no habÃa consuelo comparable al de aquella mirada dulce y aquel cálido apretón de manos.
—Papá, mamá, éste es mi amigo, el profesor Bhaer —dijo ella sin poder disimular su orgullo y alegrÃa. A buen seguro, de haber podido, le habrÃa anunciado con trompetas y haciendo una reverencia en la puerta.