Mujercitas

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Si a nuestro caballero le quedaba alguna duda sobre la pertinencia de su visita, se disipó de inmediato al observar lo bien que lo recibía la familia. Todos le trataron con exquisita amabilidad, primero por cortesía hacia Jo, pero enseguida lo hicieron por gusto. No podía ser de otro modo, puesto que el señor Bhaer llevaba el talismán que abre todos los corazones, y aquellas personas sencillas le acogieron con más calidez y amabilidad porque era pobre, ya que la pobreza enriquece a quienes la trascienden y es un pasaporte seguro para ganar la hospitalidad de los espíritus bienintencionados. El señor Bhaer se sentó y miró alrededor sintiéndose como un viajero que llama a la puerta de unos desconocidos y éstos le acogen como a uno de ellos. Los niños fueron hacia él, atraídos como las moscas a la miel, se sentaron en sus rodillas y se dedicaron a revisar sus bolsillos, tirarle de la barba y estudiar su reloj de bolsillo con audacia infantil. Las mujeres intercambiaron mudas señales de aprobación. El señor March sintió que había encontrado un igual y conversó animadamente con su nuevo huésped, mientras John escuchaba en silencio, muy atento, y el señor Laurence se resistía a retirarse.





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