Mujercitas
Mujercitas Mi querido amigo no se habría vestido con más cuidado si hubiese ido a una petición de mano, pensó Jo. De pronto, le asaltó una sospecha que la hizo sonrojarse de tal manera que dejó caer la labor y se agachó a recogerla para poder ocultar su rostro.
Sin embargo, la maniobra no le dio tan buen resultado como esperaba porque, aunque estaba hablando de cómo se prendía fuego en una pira funeraria, el señor Bhaer soltó metafóricamente la antorcha y se agachó a recoger el pequeño ovillo azul. Y, cómo no, se dieron un golpe en la cabeza, vieron las estrellas y ambos se incorporaron ruborizados y sonrientes, sin haber recuperado el ovillo, y volvieron a sus asientos deseando no haberse levantado.
Como Hannah se encargó de acostar a los niños y el señor Laurence se fue a casa a descansar, la velada se alargó sin problemas. Sentados alrededor de la chimenea, todos charlaron animadamente, sin ver el tiempo pasar, hasta que Meg, convencida de que Daisy se había caído de la cama y de que Demi se había prendido fuego al camisón al jugar con unas cerillas, decidió que era hora de regresar a casa.
—Ahora que volvemos a estar todos reunidos, deberíamos cantar como hacíamos en los viejos tiempos —propuso Jo, convencida de que cantar sería una forma segura y agradable de dar salida a la jubilosa emoción que sentía.