Mujercitas
Mujercitas No estaban todos, pero nadie juzgó incorrectas o irrespetuosas esas palabras, puesto que Beth parecÃa estar allà —una presencia serena—, invisible, pero más querida que nunca, pues la muerte no podÃa romper los lazos familiares que el amor habÃa vuelto indisolubles. La pequeña silla seguÃa en su lugar, el pulcro cesto que guardaba la labor que la joven dejó inacabada cuando la aguja se volvió demasiado pesada para sus dedos continuaba en el estante, y su amado instrumento, que casi nunca sonaba ya, seguÃa donde siempre. Y, por encima de todo eso, el rostro de Beth, sereno y sonriente como en los buenos tiempos, parecÃa observarlos y decir: «¡Sed felices, sigo aquÃ!».
—Amy, toca algo para que vean cuánto has aprendido —propuso Laurie, con el comprensible orgullo de un maestro que desea ver lucirse a su pupila.
Amy suspiró, miró con lágrimas en los ojos el taburete y dijo:
—Esta noche no, querido. Hoy no puedo tocar nada.