Mujercitas
Mujercitas —Yo también he de irme, pero volveré pronto, si me lo permite, querida señora. He de atender un asunto en la ciudad que me retendrá aquà varios dÃas.
El profesor hablaba a la señora March, pero miraba a Jo. La hija consintió con la mirada y la señora March lo hizo con palabras, pues, contrariamente a lo que pensaba la señora Moffat, no era ajena a los intereses de sus hijas.
—Parece un hombre inteligente —comentó el señor March, con plácida satisfacción, desde la alfombrilla, una vez que el último de los huéspedes se hubo marchado.
—Estoy segura de que es un buen hombre —añadió la señora March mostrando su decidido apoyo al profesor, mientras daba cuerda al reloj.
—SabÃa que os caerÃa bien —fue todo lo que dijo Jo al despedirse para ir a la cama.
Se preguntaba qué asunto habÃa traÃdo al señor Bhaer a la ciudad y, al final, concluyó que le habrÃan otorgado algún premio al que él, por su modestia, habrÃa preferido no referirse. Si le hubiese podido ver la cara mientras, ya de vuelta en su habitación, contemplaba el retrato de una joven severa y rÃgida, con una buena mata de pelo, que parecÃa tener la mirada perdida en un oscuro futuro, habrÃa imaginado de qué se trataba. Y si le hubiese visto besar el retrato antes de apagar la luz, no le habrÃa quedado ninguna duda.