Mujercitas

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—Después de cumplir con todas las formalidades sociales, sorprenderá a todos con la organización de elegantes encuentros en nuestra casa a los que acudirá la flor y nata de la sociedad y que tendrán una influencia benéfica sobre el mundo en su conjunto. ¿Lo he explicado bien, madame Recamier? —preguntó Laurie mientras miraba a Amy con socarronería.

—El tiempo dirá. Ve a casa, impertinente, y no te burles de mí delante de mi familia —contestó Amy, convencida de que en un hogar, antes de una dama de sociedad que organiza reuniones, debe haber una buena esposa.

—¡Qué felices parecen juntos! —comentó el señor March, al que le costaba reanudar la lectura de Aristóteles después de que la pareja se marchara.

—Sí, y creo que durará —añadió la señora March, con el alivio de un capitán que ha llevado el barco sano y salvo al puerto.

—Seguro que sí. Amy será muy feliz —dijo Jo con un suspiro. Después, al ver que el profesor Bhaer abría la puerta del jardín con impaciencia, su rostro se iluminó con una sonrisa.

Más tarde, ese mismo día, después de encontrar el sacabotas, Laurie dijo de improviso a su esposa, que estaba organizando sus nuevos tesoros artísticos:

—Señora Laurence…

—Sí, mi señor.


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