Mujercitas
Mujercitas —¡Ese hombre pretende casarse con nuestra Jo!
—Eso espero; ¿tú no, querido?
—Bueno, amor mÃo, me parece estupendo en todos los sentidos, pero me gustarÃa que fuese algo más joven y mucho más rico.
—Venga, Laurie, no seas tan quisquilloso y tan práctico. Si se aman, ¿qué importan los años que tenga o lo pobre que sea? Una mujer nunca deberÃa casarse por dinero… —Amy se interrumpió al oÃrse decir eso y miró a su esposo, que repuso con maliciosa seriedad:
—Estoy de acuerdo. Sin embargo, he oÃdo a algunas jovencitas encantadoras decir en ocasiones que ésa es su intención. Si la memoria no me falla, en algún momento tú pensaste que tenÃas la obligación de casarte con un hombre rico. Tal vez esa sea la razón por la que te has unido a un inútil como yo…
—¡Oh, querido, no digas eso! Cuando te di el «sû habÃa olvidado que eras rico. Me hubiese casado contigo aunque no tuvieses un centavo y, a veces, me gustarÃa que fueses pobre para poderte demostrar lo mucho que te amo. —Dicho esto, Amy, que era muy digna en público y muy cariñosa en privado, dio sobradas muestras de la veracidad de sus palabras—. Supongo que ya no creerás que soy una persona tan interesada como pude ser en otro momento, ¿verdad? Si me dijeses que no crees que remarÃa contigo en el mismo bote aunque no tuvieses de qué vivir, me partirÃas el corazón.