Mujercitas
Mujercitas —No soy tonto, querida. ¿Cómo iba a no creerte cuando rechazaste a un hombre más rico por mà y no permites que te compre la mitad de lo que mereces? Hoy en dÃa, a muchas chicas las educan para que se casen por dinero, pobrecillas, y creen que es su única salida. Pero, aunque en algún momento temà por ti, has estado a la altura de las enseñanzas que recibiste y no me has decepcionado. Precisamente ayer se lo comenté a mamá, y ella se puso más contenta y estuvo más agradecida que si le hubiese regalado un millón para obras de caridad. Señora Laurence, no me está escuchando… —Laurie se interrumpió porque, aunque Amy le miraba, parecÃa ausente.
—Sà te escucho, pero estoy admirando el hoyuelo que se te forma en la barbilla. No quiero que te vuelvas vanidoso, pero estoy más orgullosa de mi esposo por lo guapo que es que por todo el dinero que tiene. No te rÃas, pero tu nariz me gusta muchÃsimo… —Y al decir eso, Amy acarició la perfecta nariz de Laurie con satisfacción de artista.
Laurie habÃa recibido muchos elogios a lo largo de su vida, pero ninguno le habÃa complacido tanto, como bien demostró, aunque se rió del peculiar gusto de su esposa mientras ella decÃa:
—Querido, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.