Mujercitas
Mujercitas Nunca fue una escuela de moda ni sirvió para que el profesor amasase una fortuna, pero fue exactamente lo que Jo esperaba, «un hogar feliz para muchachos que necesitaban formación, atención y ternura». Pronto, todas las habitaciones estuvieron llenas, cada tiesto del jardín tuvo dueño y se creó un equipo de mantenimiento para el granero y el establo —estaba permitido tener animales domésticos—, y tres veces al día Jo sonreía a Fritz desde la cabecera de una larga mesa a la que se sentaban jóvenes que tenían siempre una mirada afectuosa, una palabra confiada y un corazón lleno de amorosa gratitud hacia «mamá Bhaer». Al fin tenía tantos niños como quería y no se cansaba de ellos, a pesar de que no eran unos angelitos y algunos daban al profesor y la profesora más de un quebradero de cabeza. Pero su fe en que aun el más travieso, descarado y provocador albergaba bondad en su corazón les proporcionaba paciencia y habilidad para, con el tiempo, salir airosos, porque ningún muchacho se podía resistir a la benevolente presencia de papá Bhaer, que los iluminaba constantemente como un sol, ni al sempiterno perdón de mamá Bhaer. Jo valoraba mucho la amistad de los muchachos, las palabras de arrepentimiento que musitaban entre lágrimas después de hacer una barrabasada, las graciosas o emotivas confidencias en las que le participaban sus ilusiones, esperanzas y planes, incluso sus penas, que solo compartían con ella y con las que se ganaban su simpatía. Había muchachos torpes y vergonzosos, sosos y divertidos, muchachos que ceceaban y otros que tartamudeaban, alguno que cojeaba y un alegre cuarterón al que no aceptaban en ningún otro lugar y que acogieron en el Jardín de Infancia Bhaer, a pesar de que ciertas personas predijeron que su admisión supondría la ruina del colegio.