Mujercitas
Mujercitas De las muchas fiestas que celebraban en Plumfield, una de las más entrañables era la de la recogida de la manzana, porque todos, los March, los Laurence, los Brooke y los Bhaer, se reunían y pasaban el día juntos. Cinco años después de la boda de Jo, organizaron una de esas fiestas. Era un apacible día de octubre y el aire tenía un frescor estimulante que animaba los sentidos y hacía que la sangre fluyese más rápido por las venas. El viejo huerto estaba vestido de gala; los muros, llenos de musgo, estaban rematados con varas de oro y asteres, los saltamontes daban enérgicos brincos sobre la marchita hierba y los grillos cantaban como gaiteros en un día de feria. Las ardillas estaban muy ocupadas con su pequeña cosecha, los pájaros piaban su despedida desde los alisos del camino y los árboles estaban listos para dejar caer una lluvia de manzanas rojas o amarillas al primer golpe de vara. No faltaba nadie, todos reían y cantaban, trepaban por los troncos y caían; todos dijeron no recordar otro día más feliz ni un marco mejor para celebrarlo, y todos se dedicaron a disfrutar del momento en libertad, como si la pena y la preocupación se hubiesen borrado del mundo.