Música y macarrones

Música y macarrones

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—Bueno… —repuso el desconocido, acariciándose la nariz con un capullo de rosa recogido al pasar—. Te llevaría a mi hotel de Niza; te haría bañar, cepillar y acicalar un poco; te vestiría con un traje de terciopelo, con cuello de encaje, medias de seda y zapatos con hebilla: te enseñaría música, te alimentaría bien, y en cuanto estuvieras en condiciones para ello, te llevaría conmigo a los salones de la gente importante, dónde doy conciertos. Allí cantarías esas canciones tan alegres, y serías mimado, elogiado y cubierto con bombones, francos, y acaso besos… pues eres un lindó muchacho, y esas damas de alcurnia y ociosos caballeros están siempre dispuestos a recibir a un nuevo favorito. ¿No te gusta esa clase de vida más que esta? Si la quieres, será tuya.

Los ojos negros de Tino brillaron; sus mejillas oscuras se colorearon, y sus dientes blancos resplandecieron cuando rió y exclamó con un ademán:

—¡Mío Dio! ¡Claro que sí, signor! Estoy harto de este trabajo; anhelo cantar, ver el mundo, ser mi propio amo, y demostrar a Stella y a la vieja que soy bastante grande como para actuar por mi cuenta… ¿Lo dice en serio? ¿Cuándo puedo ir? Ya estoy listo; sólo me hace falta ponerme mi traje de fiesta e ir en busca de mi guitarra.


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