Ocho primos

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Se metieron por entre los barcos, junto a los muelles donde el agua es verde y está quieta y donde crecían barnacles en montones de materias resbaladizas. Extraños olores saludaron su olfato y su vista contempló aspectos raros, pero todo esto gustó a Rosa, que se imaginó estar desembarcando en Hong—Kong mientras subían la escala a la sombra del Rajah. De las bodegas salían cajones y fardos, que eran transportados a los almacenes por robustos mozos de cordel, los voceaban llevando de un lado a otro los pesados bultos, empujando pequeñas vagonetas o haciendo funcionar grúas de garras de acero, que los elevaban para depositarlos en los sitios donde se abrían puertas como boas, dispuestas a tragarlos.

El doctor Alec la subió al buque y ella tuvo la satisfacción de curiosear todos los rincones accesibles, con riesgo de ser aplastada, perderse o ahogarse.

—Bueno, criatura, ¿qué dirías si hiciésemos un viaje alrededor del mundo en un barco viejo como éste? —preguntó el tío, mientras se disponían a descansar unos minutos en la cabina del capitán.

—Me gustaría ver el mundo, pero no en un aparato tan pequeño, sucio y maloliente como éste. Deberíamos ir en un yate cómodo y limpio. Charlie dice que ésa es la verdadera manera de viajar —contestó Rosa, inspeccionando con mucha atención el camarote.


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