Ocho primos
Ocho primos —Lo sé, lo sé, querida; la tÃa me lo ha contado todo. Pero nadie te necesita ahora tanto como yo, asà que insisto en que vengas —dijo el tÃo Mac, que siempre parecÃa tener mucha prisa y estar enojado, pero que con eso y todo era inusitadamente bondadoso.
Rosa fue con él y encontró al chinito, que tenÃa un farolito en la mano. Fu trató de ayudarla a subir, y la niña rió a mandÃbula batiente de sus extraños esfuerzos por expresarse en inglés. Los relojes de la ciudad daban las nueve en el momento en que se internaban en la bahÃa. ParecÃa talmente que los fuegos artificiales de la isla habÃan cesado, pues al apagarse la última vela en el hormiguero de las tÃas dejaron de verse fuegos en la distancia.
—Por lo visto, los maestros han concluido ya, pero siguen quemando cohetes de todas clases en la ciudad y son hermosÃsimos —dijo Rosa, cubriéndose las rodillas con la manta y contemplando atentamente la escena.
—ConfÃo que los muchachos no hayan sufrido ningún inconveniente allá —musito el tÃo Mac, añadiendo, con una sonrisa de satisfacción, al tiempo en que brotaba la primera chispa—. ¡Ahà va esa! Mira, Rosa, fÃjate que espléndida es. La mandé hacer especialmente en honor a tu venida.