Ocho primos

Ocho primos

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—Tal vez yo podría estudiar si alguien me leyese, supliendo la vista que no puedo usar. ¿Podrías tú? — preguntó el niño, asiéndose esperanzado a este rayo.

—Claro que si, siempre que tu cerebro soporte el esfuerzo. Lo que te ha hecho daño es el golpe de sol, y tu cabeza necesita descanso, según dice el médico.

—La próxima vez que venga le haré unas cuantas preguntas y averiguare qué cosas puedo hacer; entonces sabré cuáles son mis limitaciones. ¡Qué estúpido fui aquel día, asándome los sesos al sol y leyendo hasta que las letras empezaron a bailar una danza infernal! Ahora veo toda una serie de cosas raras cuando cierro los ojos bolitas negras que parecen remontarse por el aire, estrellas y toda suerte de objetos extraños. ¿Les pasará lo mismo a todos los ciegos?

—No te ocupes de los ciegos; yo seguiré leyendo, ¿te parece bien? Pronto llegamos al pasaje emocionante, y entonces te olvidarás de todo esto.

—No, no lo olvidaré nunca. ¡Deja la Revolución tranquila! No quiero seguirla escuchando. Me duele la cabeza y siento un calor enorme. ¡Cómo me gustaría remar un rato en el «Petrel tormentoso»! —y el pobre Mac se removía como no sabiendo que hacer consigo mismo.

—Si te cantase un poco, tal vez te dormirías y así el día te parecerá más corto.


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