Ocho primos
Ocho primos Con las mejores intenciones del mundo, los chicos habían hecho más mal que bien y el espectáculo que se ofreció a la vista de la enfermera Rosa fue poco edificante. Los perritos estaban regañando, los chicos retozaban, y los mayores hablaban todos a un mismo tiempo; las cortinas estaban levantadas, el cuarto cerrado y las zarzamoras esparcidas por todas partes. Mac, con la visera bastante corrida, las mejillas arreboladas y el ánimo soliviantado, discutía acaloradamente con Esteban acerca del préstamo de ciertos libros que apreciaba mucho pero no podía usar.
Rosa, como hemos dicho, consideraba que aquél era su dominio absoluto, y recriminó a los invasores con una energía que los dejó atónitos, y en el acto los redujo al silencio. Jamás la habían visto indignada, y el efecto fue enorme, además de cómico, pues los hizo salir como quien arrea un rebaño o como una gallina enfurecida que defiende a su polluelo. Todos se marcharon humildes como corderos y los pequeños huyeron de la casa a toda carrera; pero los tres mayores se retiraron tan sólo al cuarto contiguo, y allí aguardaron la ocasión de explicar las cosas y pedir disculpas, con el fin de serenar a la niña enojada, que de pronto había invertido los papeles, armándoles un escándalo de padre y muy señor mío.