Ocho primos

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Mientras esperaban, a través de la puerta entreabierta vieron lo que sucedía y comentaron los hechos en forma breve y expresiva, muy arrepentidos y avergonzados por el daño que sin querer habían hecho.

—Ha ordenado el cuarto en un abrir y cerrar de ojos —dijo Esteban, después de mirar un rato—. Nosotros hemos hecho muy mal en meter los perritos y armar toda esa baraúnda.

—El pobre Gusano se queja como si ella estuviese pisándolo, en vez de cuidarlo igual que a un gatito enfermo —dijo Charlie, que acababa de oír a Mac quejándose de que tenía «la cabeza hecha un bombo»—. ¡Qué enojado está!

—Rosa lo serenará. Lo cierto es que la culpa es nuestra por el enredo que hemos hecho, y por habernos salido, dejándole a ella la tarea de tranquilizarlo. Yo iría para ayudar, pero ¿qué puedo hacer? —preguntaba Archie, muy deprimido, pues era un chico consciente y se indignaba por no haber sido más previsor.

—Lo mismo me ocurre a mí —expresó Charlie, revolviendo en su cerebro una idea que de continuo lo atormentaba—. ¡Qué curiosa habilidad tienen las mujeres para atender enfermos!

—Con Mac ha sido buenísima —opinó Esteban un poco en tono de reproche.


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