Ocho primos
Ocho primos No tuvieron tiempo de salir de donde estaban sin que ella se encontrase ya en la sala, sentada ante una mesita y cosiendo un pedazo de seda verde. Todos quisieron decirle algo que reflejase su arrepentimiento, pero ninguno supo cómo empezar, y era evidente, dada la expresión de Rosa, que la niña había decidido mantener su dignidad incólume hasta que se hubieran rebajado debidamente. El silencio se tornaba embarazoso, cuando Charlie, que poseía todas las artes de persuasión de los bribones, se arrodilló lentamente delante de Rosa y le dijo golpeándose el pecho:
—Perdóname esta vez y no lo haré más.
No era fácil mantener la actitud, pero Rosa logró sobreponerse a sus emociones con esfuerzo y contestó:
—Es el perdón de Mac, y no el mío, el que debes pedir, pues a mí no me has causado daño; y no me sorprendería que en realidad lo hayáis empeorado con tanta luz y tanto estruendo, y sobre todo por haberle hablado de cosas que sólo podían preocuparlo.
—¿Crees realmente, primita, que le hemos causado mucho daño? —preguntó Archie, cuya mirada denotaba su inquietud, mientras Charlie, acurrucado entre las patas de la mesa, era la imagen viva del arrepentimiento.
—Sí, lo creo, porque la cabeza le duele mucho y tiene los ojos tan rojos como… como esta bolsa —contestó Rosa, clavando su aguja, mientras cavilaba, en un abultado alfiletero de franela.