Ocho primos

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Esteban se tiró de los cabellos, metafóricamente hablando, pues se revolvió el copete, de que. tan orgulloso solía estar, y lo dejó enmarañado, cual si aquello fuese una expiación. Charlie se abandonó a su suerte impía, también metafóricamente hablando; faltaba tan sólo que alguien lo tomase y lo condujese al patíbulo. Pero Archie, que era el que más abatido se sentía, no dijo nada como no fuera expresar su propósito firme de leerle a Mac hasta que tuviera los ojos tan encarnados como doce alfileteros todos juntos.

Viendo el efecto logrado con sus recriminaciones, Rosa creyó que no estaría mal aplacarse un poco y ofrecerles un rayo de esperanza. Era imposible no humillar un poco al Príncipe, por lo menos de palabra, pues la había ofendido demasiado, y es así como le dio un golpecito con el dedal en la coronilla, diciendo, con aire de superioridad infinita:

—No seas tonto y levántate. Te diré algo mejor que eso de arrastrarte por el suelo y estropear la ropa.

Muy obediente, Charlie se sentó en una banqueta a los pies de Rosa; los otros pecadores se aproximaron para escuchar las palabras que la sabiduría vertería por sus labios, y Rosa, suavizada por obra y gracia de toda esta humildad tan grata, se dirigió a ellos maternalmente.


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