Ocho primos

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—Ven a verlos —dijo el príncipe. Y antes de que se diese cuenta de nada, se vio conducida al granero y presentada tumultuosamente a tres ponies de hirsuto pelo y el nuevo carrito.

Nunca había visitado esas regiones y tuvo ciertas dudas acerca de si estaría correcto que descendiese a tanto; mas cuando insinuó que a la tía podría no gustarle, la gritería general dijo:

—Nos indicó que te divirtiésemos, y aquí nos será mucho más fácil que metidos en la casa.

—Temo que pueda resfriarme sin mi saco —dijo Rosa, que tenía deseos de quedarse, pero se sentía un poco como un pez fuera del agua.

—No, no tengas miedo, Nosotros te cuidaremos —gritaron los niños, mientras uno le plantaba su gorra en la cabeza, otro le ataba una chaqueta rústica al cuello por las mangas, un tercero la ahogaba, o poco menos, en una manta del coche, y el tercero abría de par en par la puerta del viejo birlocho que allí estaba, diciendo con un floreo:

—Penetrad, condesa, y poneos cómoda, mientras nosotros te enseñamos lo que es divertirse.

Rosa se sentó señorialmente, muy regocijada, pues los chicos se pusieron a danzar un baile escocés con tal humor y tanta habilidad que tuvo que aplaudirlos y reírse como no se había reído en varias semanas.


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