Ocho primos

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CAPÍTULO 17

BUENOS TRATOS

ERA una tarde lluviosa de domingo y cuatro de los muchachos trataban de pasarla tranquilamente en la «biblioteca», como Jamie llamaba el cuarto dedicado a los chicos y a los libros, en la casa de la tía Jessie. Will y Geordie estaban tendidos en el sofá, enfrascados en las aventuras de bribones y pelafustanes que tan de moda están hoy en día, Archie se había arrellanado en un canapé, rodeado de diarios; Charlie estaba de pie sobre la alfombra, en una actividad muy inglesa, y (lo confieso con pesar) ambos fumaban.

—Estoy por pensar que el día de hoy no concluye nunca —expresó el Príncipe en medio de un bostezo que casi lo parte en dos.

—Lee y mejora tu espíritu —le dijo Archie, asomando la cabeza solemnemente por encima del diario que había estado leyendo.

—No prediques; ponte las botas y vamos a dar una vuelta, en vez de estarnos aquí acurrucados junto al fuego como viejecitas.

—No, gracias; no creo que pasear al aire libre en medio de una de estas tormentas sea lo más acertado —y en este momento Archie se detuvo y levantó en alto una mano, pues desde fuera llegó a sus oídos una voz agradable que dijo:

—¿Están los chicos en la biblioteca, tía?


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