Ocho primos
Ocho primos —Sí, querida; desesperados por la falta de sol. Corre y llévales el sol que no tienen —contestó la tía Jessie.
—Es Rosa —comentó Archie, tirando su cigarro al fuego.
—¿Por que haces eso? —preguntó Charlie.
—No es de caballeros fumar delante de las damas.
—Sí; pero no voy a desperdiciar el cigarro —y el Príncipe metió el suyo en el tintero vacío que les servía de cenicero.
Llamaron suavemente a la puerta y a coro contestaron:
—Entra.
Apareció Rosa, más sonriente y fresca que un aire matinal.
—Si los molesto, dígamenlo y me iré —empezó a decir, deteniéndose en el umbral indecisa y modesta; había notado algo en las caras de los chicos que le llamó la atención.
—Nunca nos molestas, prima —dijeron los fumadores, al tiempo en que los lectores apartáronse de sus héroes de calle y taberna lo bastante como para saludar a su visitante con sendas inclinaciones de cabeza.
Como Rosa se agachó para calentarse las manos, advirtió que de las cenizas salía una punta del cigarro de Archie, echando humo y apestando horriblemente.