Ocho primos
Ocho primos La verdad, sin embargo, es que el tabaco lo tenÃa tan sin cuidado como a Archie, pero no estaba dispuesto a dejarse convencer tan pronto; movió, pues la cabeza, aspiró una bocanada grande y dijo altanero:
—Ustedes, las mujeres, no hacen más que pedirnos que dejemos estos pasatiempos inofensivos, sólo porque a ustedes no les gustan. ¿Qué les parecerÃa si hiciésemos lo mismo con ustedes?
—Si hiciese algo nocivo o tonto, darÃa las gracias a quien me hablase en contra, y tratarÃa de corregirme —contestó Rosa.
—Bueno, veremos ahora si es verdad lo que dices. Estoy de acuerdo en dejar de fumar, para complacerte, con tal de que tú abandones algo también por complacerme a mà —dijo el PrÃncipe, viendo una excelente oportunidad de hacer de gran señor con poco sacrificio.
—Conforme, siempre que sea cosa tan tonta como el fumar.
—Es mucho más tonto aún.
—Entonces, lo prometo; ¿de que se trata? —y Rosa tembló de ansiedad mientras aguardaba saber de cuál de sus pequeños hábitos u objetos de menor cuantÃa deberÃa despojarse.
—Los pendientes —dijo Carlos, riendo maliciosamente, seguro de que ella no aceptarÃa jamás esa condición.