Ocho primos
Ocho primos —¡Oh, Charlie! ¿No serÃa lo mismo cualquier otra? He sufrido tantas burlas y molestias, que quisiera lucir mis pequeños pendientes, ya que ahora puedo ponérmelos.
—Ponte todos los que quieras, y yo seguiré fumando muy tranquilo —replicó el niño malo.
—¿No podrÃamos buscar otra solución? —preguntó implorante?
—No —contestó él muy grave.
Rosa permaneció silenciosa un momento, pensando en algo que una vez le dijo la tÃa Jessie: «Tienes sobre los chicos mucha más influencia de lo que tú supones; empléala en su bien, y te lo agradeceré toda mi vida». Se le presentaba una ocasión de hacer bien con sólo sacrificar una pequeña vanidad suya. Comprendió que estaba justificado, aun cuando le doliese mucho, y preguntó con vehemencia:
—¿Has querido decir que no los use nunca, Charles?
—Nunca, a menos que desees que vuelva a fumar.
—No.
—Entonces, hagamos trato.
No suponÃa que ella estarÃa conforme, y su sorpresa fue grande cuando la vio quitarse los pendientes de las orejas, con un gesto rápido, y alargárselos, diciendo, con expresión tal de decisión y dulzura que las mejillas de Charlie se cubrieron de color.